Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Qué puede hacer en una situación semejante? —replicó Bell, encogiéndose de hombros—. ¿Convertirá estos témpanos en pedazos de carne? ¿Es un dios para hacer milagros?
—¡Quién sabe! —respondió el contramaestre a las dudas de su compañero—. Yo tengo confianza en él.
Bell meneó la cabeza y cayó de nuevo en una completa taciturnidad, durante la cual ni siquiera pensaba.
En aquel dÃa se anduvieron apenas tres millas. Por la noche tampoco se comió; los perros querÃan devorarse unos a otros, y los hombres experimentaban con violencia los dolores del hambre.
No se vio animal alguno, ni tampoco hubiera servido de nada verlo, careciendo de municiones. Sólo Johnson, a una milla a sotavento, creyó reconocer el oso gigantesco que seguÃa a la desgraciada comitiva.
«¡Nos acecha! —dijo para s×. ¡Ve en nosotros una presa segura!».
Pero Johnson no dijo nada a sus compañeros. Por la noche se hizo el alto de costumbre, y la cena no se compuso más que de café. Los desventurados sentÃan extraviarse sus miradas, entorpecerse su cerebro, y, atormentados por el hambre, no podÃan hallar una hora de sueño. Extrañas y dolorosas apariciones asaltaban su imaginación enferma.
