Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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En una latitud en que el cuerpo pide imperiosamente reconfortantes, los desgraciados, cuando llegó la mañana del martes, habían pasado treinta y seis horas sin probar un bocado. Animados, sin embargo, por una voluntad y un valor sobrehumanos, volvieron a emprender su camino, empujando el trineo, que los perros no podían ya arrastrar.

Al cabo de dos horas cayeron aniquilados. Hatteras quería seguir adelante. Él, siempre enérgico, recurrió a los ruegos y a las súplicas para obligar a sus compañeros a levantarse, pero se empeñaba en lo imposible.

Entonces, con el auxilio de Johnson, talló en un iceberg una casa de hielo. Aquellos dos hombres, trabajando asiduamente, estaban, al parecer, cavando su tumba.

—Quiero morir de hambre —decía Hatteras—, pero no de frío.

Después de crueles fatigas, quedó la casa concluida y toda la comitiva se embutió en ella.

Así pasó aquel día. Por la noche, mientras sus compañeros permanecían inmóviles, Johnson tuvo una especie de alucinamiento; vio en sueños gigantescos osos.

Esta palabra, repetida por él con frecuencia, llamó la atención del doctor, el cual, saliendo de su entorpecimiento, preguntó al viejo marino por qué hablaba de osos y de qué osos se trataba.


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