Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Tentó los otros bolsillos con no mayor éxito, regresó a la casa, volvió en todas direcciones la manta sobre la cual habÃa pasado la noche, y el eslabón no apareció.
—¿Y bien? —Gritaba el doctor con impaciencia.
Johnson volvió, y miró a sus compañeros.
—¿No tenéis vos el eslabón, señor Clawbonny? —dijo.
—No, Johnson.
—¿Ni vos, capitán?
—No —respondió Hatteras.
—Siempre ha estado en vuestro poder, Johnson —repuso el doctor.
—¡Es verdad! Pero no lo encuentro… —murmuró el viejo marino, palideciendo.
—¡No lo encontráis! —exclamó el doctor, sin poder dejar de manifestarse afectado.
No habÃa otro eslabón, y aquella pérdida podÃa acarrear consecuencias terribles.
—Buscadlo bien, Johnson —dijo el doctor.
Johnson corrió hacia el témpano desde el cual habÃa acechado al oso, y después, al lugar mismo del combate en que lo habÃa desollado; pero no encontró nada.
Volvió desesperado. Hatteras le miró sin dirigirle reconvención alguna.
—La cosa es grave —dijo al doctor.
—Sà —respondió éste.