Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Johnson lo abrió, y no encontró en su estómago más que agua. Evidentemente, el oso no había comido desde hacía mucho tiempo, y, sin embargo, estaba muy gordo y pesaba más de mil quinientas libras. Se le descuartizó, y cada cuarto dio doscientas libras de carne, sin olvidar el corazón del animal, que tres horas después latía aún con fuerza.
Los compañeros del doctor querían echarse sobre aquella carne cruda, pero el doctor se lo impidió y les suplicó que le diesen tiempo de asarla.
Clawbonny, al entrar en la casa, había notado que hacía en ella mucho frío. Se acercó a la estufa y la encontró completamente apagada. Las ocupaciones y emociones de aquella mañana habían hecho olvidar a Johnson el cuidado de alimentar la estufa, tarea que corría habitualmente a su cargo.
El doctor quiso encenderla de nuevo, pero no encontró ni una chispa de lumbre entre las cenizas ya frías.
«¡Vamos, un poco de paciencia!», se dijo.
Fue al trineo a buscar yesca, y pidió su eslabón a Johnson.
—La estufa está apagada —le dijo.
—Yo tengo la culpa —respondió Johnson.
Y buscó su eslabón en el bolsillo donde solía llevarlo, pero en vano.