Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —No tenemos ningún instrumento, ni siquiera un anteojo, del que podamos sacar el cristal de aumento para procurarnos fuego.
—Lo sé —respondió el doctor—, y es una desgracia, porque los rayos del sol tendrÃan bastante fuerza para encender yesca.
—Pues bien —respondió Hatteras—, es preciso matar el hambre con esta carne cruda; emprenderemos luego la marcha y procuraremos llegar al buque.
—¡SÃ! —DecÃa el doctor, abismado en sus reflexiones—. Y esto, en rigor, serÃa posible. ¿Por qué no? PodrÃamos probar.
—¿En qué pensáis? —preguntó Hatteras.
—Se me ocurre una idea.
—¿Una idea? —exclamó Johnson—. ¡Una idea vuestra! ¡Entonces nos hemos salvado!
—¿Tendrá buen éxito? —respondió el doctor—. Allá veremos.
—¿Cuál es vuestro proyecto? —dijo Hatteras.
—No tenemos ninguna lente, y trato de hacer una.
—¿Cómo? —preguntó Johnson.
—Con un pedazo de hielo que tallaremos.
—¿Cómo? ¿Y creéis…?
—¿Por qué no? Se trata de hacer converger los rayos de sol en un foco común, y para el caso puede servimos el hielo lo mismo que el mejor cristal.
—¿Es posible? —dijo Johnson.