Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El viejo marino no podÃa contener su alegrÃa; iba y venÃa como un loco.
El doctor se metió en la casa; algunos minutos después estaba encendida la estufa, y luego un delicioso olor a asado sacaba a Bell de su entorpecimiento.
Se comió, con el ansia que fácilmente se adivina. El doctor, sin embargo, aconsejó a sus compañeros que se moderasen, y predicó con el ejemplo. Durante la comida, volvió a tomar la palabra.
—Hoy es un dÃa de ventura —dijo—, tenemos provisiones aseguradas para el resto del viaje. Sin embargo, conviene no dormirnos en las delicias de Capua; y harÃamos bien en ponernos inmediatamente en marcha.
—No debemos distar más que unas cuarenta y ocho horas del Porpoise —dijo Altamont, que habÃa recobrado ya casi enteramente el uso de la palabra.
—Espero —dijo riendo el doctor— que hallaremos allà con qué hacer lumbre.
—Sà —respondió el americano.
—Porque —repuso el doctor— si bien mi lente de hielo es buena, dejarÃa algo que desear los dÃas en que no hace sol, y estos dÃas son numerosos a menos de 4° del Polo.
—En efecto —respondió Altamont con un suspiro—. ¡A menos de 4°! ¡Mi fragata ha ido a donde jamás antes que ella se habÃa aventurado otro buque!
—¡En marcha! —gritó Hatteras con voz breve.