Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El resto del dÃa se dedicó al reposo. El tiempo tendÃa a variar por la influencia de las ráfagas del Oeste; el termómetro, colocado al aire libre, marcó —26° (—32° centÃgrados).
En resumen, el Porpoise se hallaba colocado más allá del polo del frÃo y en una latitud relativamente menos glacial aunque más próxima al Norte.
Aquel dÃa se comió cuanto quedaba del oso, con galleta que se encontró en la despensa del buque, y algunas tazas de té; y después, rendidos todos de fatiga, se durmieron profundamente.

Por la mañana, Hatteras y sus compañeros madrugaron poco. Las imaginaciones seguÃan la pendiente de las ideas nuevas. No les preocupaba ya la incertidumbre del dÃa siguiente, y nadie pensaba ya más que en albergarse de una manera cómoda. Aquellos náufragos se consideraban como colonos llegados a su destino, y, olvidando los padecimientos del viaje, sólo pensaban en crearse un porvenir lisonjero.
—¡Uf! —exclamó el doctor desperezándose—. Es magnÃfico no tener que preguntarse dónde dormirá uno por la noche y lo que comerá al dÃa siguiente.
—Empecemos por hacer el inventario del buque —respondió Johnson.
El Porpoise habÃa sido perfectamente equipado y abastecido para una excursión lejana.