Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Quién sabe? —respondió el doctor—. Con reflexión y tiempo se hacen muchas cosas; pero ahora no se trata de navegar, sino de construir una morada sedentaria, por lo que propongo que no nos ocupemos por ahora de otros proyectos, y más adelante veremos.
—Es lo racional —respondió Hatteras—. Empecemos por lo que más prisa corre.
Los tres compañeros dejaron el buque, volvieron al trineo y participaron sus ideas a Bell y al americano. Bell se manifestó dispuesto a trabajar, y el americano sacudió la cabeza al saber que los restos de su buque para nada servÃan; pero como esta discusión en aquel momento hubiera sido ociosa, se atuvieron todos al proyecto de refugiarse en el Porpoise, y de construir una vasta habitación en la costa.
A las cuatro de la tarde, los cinco viajeros se hallaban, bien o mal, establecidos en la cubierta. Por medio de tablones y restos de arboladura, Bell armó un entarimado casi horizontal donde colocó los coys endurecidos por el hielo y vueltos muy pronto a su estado propio con el calor de la chimenea. Altamont, apoyado en el doctor, pudo sin gran trabajo trasladarse al lugar que le estaba reservado. Al poner el pie en su buque, no pudo contener un suspiro de satisfacción que pareció de mal agüero al contramaestre.
«¡Se siente en su casa —pensó el viejo marino—, y cualquiera dirÃa que nos convida!».