Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—No es necesario tanto. Sírvannos de ejemplo los agentes de la compañía de la bahía de Hudson, que construyen fortalezas que les guarecen de los animales y de los indios. He aquí todo lo que nosotros necesitamos: atrincherarnos lo mejor posible; a un lado la habitación y al otro los almacenes, con un lienzo de muralla y dos baluartes para defendernos. Yo procuraré para el caso recordar mis estudios castrenses.

—A fe mía, señor Clawbonny —dijo Johnson—, yo no dudo de que con vuestra dirección haremos algo de provecho.

—Pues bien, amigos míos, lo primero que hay que hacer es escoger un buen solar; un ingeniero, que sabe dónde tiene la mano derecha, reconoce ante todo el terreno. ¿Venís, Hatteras?

—Apruebo cuanto vos hagáis, doctor —respondió el capitán—. Obrad, pues, a discreción, y, entretanto, yo recorreré la costa.

Altamont, demasiado débil aún para tomar parte en los trabajos, se quedó en el buque, y los ingleses se trasladaron al continente.

El tiempo estaba borrascoso y encapotado. El termómetro marcaba al mediodía 11° bajo cero (—23° centígrados); pero como no hacía viento, la temperatura era soportable.


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