Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hubo entonces cierto movimiento en la multitud que se atropellaba para volver a tierra, en tanto que los marineros del bergantÃn soltaban las últimas amarras.
Aumentó la confusión inevitable de los curiosos, empujados con muy poca consideración por los marineros y los aullidos del perro. Éste se lanzó de pronto desde el castillo al alcázar a través de la mole compacta de los que habÃan ido a visitar el buque. Ladraba con una voz sorda.
Todos le dejaron libre el paso. El perro saltó a lo alto de la popa, llevando en la boca una carta, lo que nadie creerÃa si no lo hubiesen presenciado mil testigos.

—¡Una carta! —Exclamó Shandon—. Es decir, que él está a bordo.
—Estaba, sin duda, pero ya no está —respondió Johnson, mostrándole la cubierta completamente libre de curiosos.
—¡Capitán! ¡Capitán! ¡Ven acá! —Gritaba el doctor, y procuraba cogerle la carta que el perro se negaba a entregar dando violentos saltos. No querÃa, al parecer, entregarla más que al mismo Shandon.
—¡AquÃ, Capitán! —dijo el comandante.