Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor sospechaba que el motivo de la expedición era otro, el mismo precisamente que tenía Hatteras. Resolvió, por lo mismo, no provocar acerca del particular ninguna cuestión entre los dos adversarios, pero no siempre lo consiguió, pues las más insignificantes conversaciones tomaban a pesar suyo un giro peligroso, bastaba una palabra cualquiera para hacer brotar la chispa al choque de los intereses rivales.
Así sucedió, en efecto. Concluida la casa, el doctor resolvió celebrar tan fausto suceso con una comida espléndida. Clawbonny tenía la idea de introducir en aquel continente desierto las costumbres y placeres de la vida europea. Bell había cazado precisamente algunos ptarmiganos y una liebre blanca, primer mensajero de la nueva primavera.

El festín se celebró el 14 de abril, segundo domingo de Cuasimodo, haciendo un tiempo muy seco, pero el frío no se atrevía a penetrar en la casa de hielo, seguro de ser vencido por las estufas que estaban atestadas de combustible.
Se comió perfectamente. La carne fresca formó un agradable contraste al lado del pemmican y de la cecina. Un maravilloso pudding, obra del doctor, mereció los honores de la repetición, y el sabio cocinero, con su mandil y su cuchillo al cinto, no hubiera deshonrado las cocinas del gran canciller de Inglaterra.