Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor, muy conmovido, quiso excusarse por modestia, pero tuvo que pasar por lo que querÃan todos. Quedó, pues, debidamente decretado que aquella alegre comida se habÃa celebrado en el gran salón de la «Casa del Doctor», después de haberse preparado en la cocina de la «Casa del Doctor», y que se irÃan a acostar tranquilamente en el dormitorio de la «Casa del Doctor».
—Ahora —dijo el doctor— pasemos a otros puntos más importantes de nuestros descubrimientos.
—Hay —respondió Hatteras— este mar inmenso que nos rodea, y cuyas olas no ha surcado aún ningún buque.
—¡Ningún buque! Me parece, sin embargo —dijo Altamont—, que el Porpoise no merece que se le olvide, a no ser que haya venido por tierra —añadió sarcásticamente.
—Bien podrÃa creerse —replicó Hatteras—, al ver las rocas sobre las que duerme en este momento.
—En verdad, Hatteras —dijo Altamont, algo amoscado—, que, mal por mal, vale más estar varado en las rocas, como el Porpoise, que desparramarse por los aires, como ha hecho el Forward.
Hatteras iba a replicar con vehemencia, cuando el doctor intervino:
—Amigo —dijo—, aquà no se trata de buques, sino de un mar nuevo…