Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Mi querido Clawbonny —respondió Altamont—, todo navegante tiene la costumbre, por no decir el derecho, de dar nombre al continente a que él llega el primero. Me parece, pues, que en esta ocasión puedo y debo usar de este derecho incontestable.
—Sin embargo… —dijo Johnson, a quien tenÃa en ascuas la mordaz sangre frÃa de Altamont.
—Me parece —repuso éste— que serÃa temeridad ridÃcula empeñarse en sostener que el Porpoise no ha atracado en esta costa, y, aun admitiendo que hubiese venido por tierra —añadió, mirando a Hatteras—, no habrÃa cuestión.
—Es una pretensión que yo no admito —respondió gravemente Hatteras, conteniéndose—. Para nombrar, es por lo menos necesario descubrir, y supongo que no es descubrimiento lo que vos habéis hecho. Además, sin nosotros, ¿dónde estarÃais vos, caballero; vos, que queréis imponernos condiciones? ¡A veinte pies debajo de la nieve!
—Y sin mÃ, caballero —replicó con energÃa el americano—, sin mà y sin mi buque, ¿qué serÃa de vosotros en este momento? ¡EstarÃais muertos de hambre y de frÃo!
—Amigos —dijo el doctor, interviniendo como pudo—, un poco de calma, y todo puede arreglarse. OÃdme.