Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —El caballero —continuó Altamont designando al capitán— podrá dar nombre a todas las demás tierras que descubra, si alguna descubre; pero este continente me pertenece. Ni siquiera podrÃa admitir la pretensión del que quisiera que llevase dos nombres, como la Tierra Grinnel, que se llama igualmente Tierra del PrÃncipe Alberto, porque un inglés y un americano la reconocieron casi al mismo tiempo. Aquà es otra cosa. Mis derechos de prioridad son incontestables. Ningún buque, antes que el mÃo, ha rozado esta costa con su borda. Ningún ser humano, antes que yo, ha puesto el pie en este continente, al cual yo he dado un nombre, y lo conservará.
—¿Y qué nombre le habéis dado? —preguntó el doctor.
—Nueva América —respondió Altamont.
Los puños de Hatteras se crisparon sobre la mesa. Pero, haciendo un violento esfuerzo sobre sà mismo, se contuvo.
—¿Podéis probarme —continuó Altamont— que un inglés haya pisado nunca este suelo antes que un americano?

Johnson y Bell callaban, no obstante irritarles tanto como al capitán el imperioso aplomo de su contradictor. Pero comprendÃan qué nada podÃan oponer a sus afirmaciones.