Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor volvió a tomar la palabra, después de algunos instantes de un silencio penoso.
—Amigos mÃos —dijo—, la primera ley humana es la ley de la justicia, que contiene todas las otras. Seamos, pues, justos y no nos dejemos avasallar por los malos sentimientos. La prioridad de Altamont me parece incontestable. No hay para qué discutirla. Nosotros tomaremos el desquite más adelante, y tendrá Inglaterra una buena parte en nuestros descubrimientos futuros. Dejemos, pues, a esta tierra el nombre de Nueva América. Pero supongo que Altamont, al darle este nombre, no habrá dispuesto de las bahÃas, de los cabos, de las puntas, de los promontorios que contiene, y no creo que pueda haber inconveniente en que llamemos a esta bahÃa la bahÃa Victoria.
—Ninguno —respondió Altamont—, si el cabo que se extiende allá abajo, en el mar, lleva el nombre de cabo Washington.
—HabrÃais podido, caballero —exclamó Hatteras fuera de s×, escoger un nombre menos desagradable a un oÃdo inglés.
—Pero no más querido a un oÃdo americano —respondió Altamont con mucha altanerÃa.