Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Veamos, veamos! —respondió el doctor, que tenÃa no poco quehacer para conservar la paz en aquella pequeña sociedad—. ¡No haya discusión acerca del particular! ¡Que sea permitido a un americano estar orgulloso de sus grandes hombres! Honremos el genio dondequiera que se encuentre, y, puesto que Altamont ha hecho su elección, hablemos ahora en pro de nosotros y de los nuestros. Que nuestro capitán…
—Doctor —respondió Hatteras—, siendo esta tierra una tierra americana, deseo que mi nombre no figure en ella.
—¿Es una decisión irrevocable? —preguntó el doctor Clawbonny.
—Absoluta —respondió Hatteras.
El doctor no insistió.
—Pues bien, ahora, nosotros —dijo dirigiéndose al viejo marino y al carpintero—, dejemos aquà alguna huella de nuestro paso. Os propongo llamar a la isla que vemos a tres millas de aquà isla Johnson, en honor de nuestro contramaestre.
—¡Oh! —dijo éste algo confuso—. ¡Señor Clawbonny!
—En cuanto a esta montaña que hemos reconocido hacia el Oeste, le daremos el nombre de monte Bell, si nuestro carpintero lo consiente.
—Es demasiado honor para mà —respondió Bell.
—Es justicia —replicó el doctor.