Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Las chuletas de loba marina fueron halladas excelentes, y si no se las declaró tales, fueron ávidamente devoradas, lo que valÃa más que todas las declaraciones del mundo.
Al llegar los postres, el doctor preparó el café como tenÃa por costumbre, pues no confiaba nunca a nadie el cuidado de destilar el magnÃfico brebaje. Lo hacÃa en la misma mesa, en una cafetera de espÃritu de vino, y lo servÃa hirviendo. Para él era necesario, para no considerarlo indigno de pasar por su gaznate, que le abrasase la lengua. Aquella noche lo tomó a una temperatura tan elevada, que sus compañeros no pudieron imitarle.

—Vais a incendiaros, doctor —dijo Altamont.
—No hay cuidado —respondió el interpelado.
—Por lo visto, tenéis el paladar forrado de cobre —replicó Johnson.
—Nada de eso, amigos, y os aconsejo que sigáis mi ejemplo. Hay personas, en cuyo número me cuento, que beben el café a la temperatura de ciento treinta y un grados (+55° centÃgrados).
—¡Ciento treinta y un grados! —exclamó Altamont—. ¡Ni la mano podrÃa soportar un calor semejante!