Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Como no se han sometido a la prueba, por consiguiente la gloria es de mis compatriotas. Añadiré otro hecho, que serÃa increÃble si se pudiese dudar de la veracidad de los testigos. El duque de Ragusa y el doctor Jung, francés el uno y austrÃaco el otro, vieron a un turco meterse en un baño cuya temperatura era de 170° (+ 78° centÃgrados).
—Me parece —dijo Johnson— que eso no equivale a lo de las jóvenes del horno y a lo de nuestros compatriotas.
—Perdonad —respondió el doctor—; hay mucha diferencia entre sumergirse en el aire caliente o en el agua caliente; el aire caliente determina una transpiración que resguarda la carne, al paso que en el agua hirviendo, el cuerpo no transpira, y se quema. Asà es que el lÃmite extremo de temperatura prescrita para baños no es, en general, más que de 107° (+ 42° centÃgrados). Necesario era, pues, que el tal turco fuese un hombre muy extraordinario para sobrellevar un calor semejante.
—Señor Clawbonny —preguntó Johnson—, ¿cuál es, pues, la temperatura habitual de los seres animados?