Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Muy fácilmente —respondió el doctor—, es cosa experimentada, y hay acerca del particular hechos curiosos. Uno o dos me vienen a la memoria, y os probarán que uno se acostumbra a todo, hasta a no cocerse donde se cocerÃa un bistec. Cuéntase de algunas jóvenes ocupadas en el horno de la ciudad de La Rochefoucauld, en Francia, que podÃan permanecer diez minutos dentro del horno, hallándose éste a la temperatura de 300° (+ 132° centÃgrados), es decir, a una temperatura que excedÃa en 89° a la del agua hirviendo, en tanto que en torno suyo se asaban perfectamente carne y patatas.
—¡Qué mujeres! —exclamó Altamont.
—He aquà otro ejemplo que no puede ponerse en duda. En 1774, nueve compatriotas nuestros, Fordyce, Banks, Solander, Blagdin, Home, Nooth, Lord Seaforth y el capitán Philips, soportaron una temperatura de 295° (+ 128° centÃgrados), en tanto que junto a ellos se cocÃan huevos y un roast-beef.
—¡Y eran ingleses! —dijo Bell, con cierto sentimiento de orgullo.
—SÃ, Bell —respondió el doctor.
—¡Oh! Algo más hubieran hecho si hubiesen sido americanos —dijo Altamont.
—Se hubieran asado —dijo el doctor riendo.
—¿Y por qué? —respondió el americano.