Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Tenéis razón, amigo Johnson, porque casi estamos en aptitud de apelar a la práctica en auxilio de la teorÃa. Estas comarcas son un vasto laboratorio en que se pueden hacer curiosos experimentos sobre las bajas temperaturas, pero importa mucho que seáis siempre circunspectos y prudentes. Si alguna parte de vuestro cuerpo se hiela, frotadla inmediatamente con nieve para restablecer la circulación de la sangre; si os acercáis al fuego, tened cuidado, porque podrÃais quemaros las manos o los pies sin percataros de ello, en cuyo caso serÃa necesario recurrir a amputaciones, y debemos procurar a toda costa no dejar nada nuestro en las comarcas boreales. Ahora, amigos mÃos, creo que harÃamos muy bien en pedir al sueño algunas horas de descanso.
—Tenéis razón —respondieron los compañeros del doctor.
—¿Quién está de guardia junto a la estufa?
—Yo —respondió Bell.
—Pues bien, amigo mÃo, procurad alimentar bien el fuego, porque esta noche hace un frÃo de todos los diablos.
—Estad tranquilo, señor Clawbonny; mucho frÃo hace, y, sin embargo, ya lo veis, el cielo parece un incendio.