Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor aspiraba con embriaguez el viento del mar, se paseaba vigorosamente entre las ráfagas, y sorteaba los balanceos del buque mejor de lo que podÃa esperarse de un sabio.
—¡Qué cosa tan hermosa es el mar! —DecÃa al contramaestre Johnson, al volver a subir a la cubierta después del almuerzo—. Algo tarde he contraÃdo amistad con él, pero me desquitaré.
—Tenéis razón, doctor Clawbonny, y por un pedazo de océano darÃa todos los continentes del mundo. Hay quien cree que los marineros se cansan pronto de su oficio; cuarenta años hace que yo navego, y mi oficio me gusta tanto como el primer dÃa.
—No hay placer comparable al de tener bajo los pies un buen buque, y en mi concepto el Forward se conduce de manera que no hay más que pedirle.
—DecÃs bien, doctor —respondió Shandon, que se unió a los dos interlocutores—; es un buen buque y de seguro que no ha habido ninguno destinado a navegar entre hielos que haya estado mejor tripulado y provisto. Esto me recuerda que treinta años atrás el capitán James Ross, yendo a buscar el paso del Noroeste…
—Mandaba el Victoire— dijo el doctor, interrumpiéndole—, que era un bergantÃn casi del mismo tonelaje que el nuestro, y provisto también de una máquina de vapor.
—¡Cómo! ¿Sabéis vos eso?