Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—Ya lo podéis ver —respondió el doctor—; las máquinas de vapor estaban entonces en la infancia del arte, y la del Victoire le ocasionó más de un retraso perjudicial; de suerte que el capitán Ross, después de haber reparado inútilmente todas sus piezas, una tras otra, acabó por desmontarla, y la abandonó en el primer puerto en que tuvo que invernar.

—¡Diablos! —dijo Shandon—. ¡Estáis, por lo visto, al corriente de todo!

—¿Qué queréis? —Repuso el doctor—. A fuerza de leer, he leído las obras de Parry, de Ross, de Franklin, las memorias de McClure, de Kennedy, de Kane, de McClintock, y algo de ellas me ha quedado. Añadiré que este mismo McClintock, a bordo del Fox, bergantín de hélice del género del nuestro, fue con más felicidad y más directamente a su objeto que sus predecesores.

—Es cierto y muy cierto —respondió Shandon—; McClintock es un valiente marino; yo lo he visto en el ejercicio de sus funciones, y es de creer que nosotros, como él, nos encontraremos en abril en el estrecho de Davis, y si llegamos a salvar los hielos, nuestro viaje habrá adelantado considerablemente.

—A no ser —observó el doctor— que nos suceda lo que al Fox en 1857, que ya en el primer año fue cogido por los hielos del norte del mar de Baffin, y tuvo que invernar en medio de los témpanos.


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