Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Los almacenes se conservaban también perfectamente. Todos los objetos sacados del buque habían sido colocados con el mayor orden en aquellos «docks de mercancías», como les llamaba el doctor. Pero si bien aquellos almacenes estaban situados a menos de 60 pasos de la casa, en ciertos días de drift era imposible llegarse a ellos, por lo que para el consumo diario tenía que conservarse siempre en la cocina cierta cantidad de provisiones.

La precaución de descargar el Porpoise había sido oportuna. El buque experimentaba una presión insensible y lenta, pero irresistible, que lo aplastaba poco a poco, y era evidente que de nada servían sus restos. Sin embargo, el doctor esperaba poder sacar de ellos una lancha para regresar a Inglaterra; pero no había llegado aún el momento de proceder a su construcción.

Así, pues, la mayor parte del tiempo, los cinco invernadores permanecían mano sobre mano. Hatteras estaba pensativo, echado en su coy; Altamont bebía y comía, y el doctor procuraba no sacarles de su modorra, porque temía siempre algún altercado peligroso. Los dos capitanes se dirigían rara vez la palabra.


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