Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Durante las comidas, el prudente Clawbonny procuraba ser siempre él quien guiase la conversación para dirigirla de modo que no se hiriese ningún amor propio; pero le costaba mucho trabajo paralizar las susceptibilidades sobreexcitadas. Tendía, en lo posible, a instruir, a distraer, a interesar a sus compañeros. Cuando no ponía en orden sus notas de viaje, se ocupaba en voz alta de temas de Historia, de Geografía o de Meteorología que salían de la situación misma; presentaba las cosas de una manera agradable y filosófica, sacando de los más pequeños incidentes una enseñanza saludable. Su inagotable memoria no lo abandonaba nunca, hacía aplicación de sus doctrinas a las personas presentes, a quienes recordaba tal o cual hecho que se había producido en tal o cual circunstancia, y completaba sus teorías con la fuerza de los argumentos personales.

Puede decirse que aquel digno hombre era el alma de aquella pequeña sociedad, un alma de la que brotaban los sentimientos de franqueza y de justicia. Sus compañeros tenían en él una confianza absoluta, y causaba cierto respeto hasta al capitán Hatteras, el cual, por otra parte, le amaba cordialmente. Con sus palabras, con sus maneras, con sus costumbres, hacía que la existencia de aquellos cinco hombres abandonados a 6° del Polo pareciese enteramente natural; cuando el doctor hablaba, se creía estarle oyendo en un gabinete de Liverpool.


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