Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Y, sin embargo, ¡cuán diferente era aquella situación de la de los náufragos echados a las islas del océano Pacífico, de la de aquellos Robinsones cuya agradable historia causa casi siempre envidia a los lectores! Allí, en efecto, una tierra pródiga, una naturaleza opulenta, ofrecía mil recursos variados, bastando en aquellos privilegiados países un poco de imaginación y de trabajo para procurarse el bienestar material. Allí la Naturaleza ayudaba al hombre, se le ofrecía espontáneamente; la caza y la pesca bastaban para cubrir todas las necesidades; los árboles le brindaban sus frutos, las cavernas se abrían para darle abrigo, los arroyos corrían para apagar su sed; magníficas sombras le defendían contra el calor del sol, y nunca el terrible frío le amenazaba en sus apacibles inviernos; un grano echado de cualquier modo en aquel suelo fecundo, se convertía en una cosecha al cabo de algunos meses. Aquello era la felicidad completa fuera de la sociedad. Y, además, aquellas islas encantadas, aquellas tierras caritativas, se encontraban al paso de los bosques, y el náufrago, que podía siempre esperar ser recogido, aguardaba pacientemente que lo arrancasen de su feliz existencia.

Pero en la costa de Nueva América, ¡qué diferencia! El doctor hacía algunas veces esta comparación, pero la guardaba para sí, y sólo echaba pestes contra su ociosidad forzosa.


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