Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Muy pronto los cinco compañeros de invernada habían salido todos de la vivienda, siendo su primer cuidado descargar la casa de las moles de hielo que pesaban sobre ella. La meseta estaba desconocida, y hubiera sido imposible descubrir en ella los vestigios de una vivienda, porque la tempestad, colmando las desigualdades del terreno, lo había nivelado todo, levantándolo por lo menos quince pies.
Era menester despejar la meseta, y luego volver a dar al edificio una forma más arquitectónica, rehacer sus líneas menoscabadas y restablecer su aplomo. La operación no era difícil, y, quitados los hielos, muy pronto se podía devolver a las paredes su grosor normal.
Después de dos horas de un trabajo sostenido, apareció el fondo de granito, y fue practicable la entrada del polvorín y de los almacenes de víveres.
Pero como en aquellos climas variables el mismo estado de cosas podía cambiar de la noche a la mañana, se hizo una nueva provisión de comestibles que fue transportada a la cocina. Aquellos estómagos sobreexcitados por las salazones sentían la necesidad de carne fresca, por lo que los cazadores se encargaron de modificar el sistema corriente de alimentación y se dispusieron a partir.