Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Sin embargo, los últimos días de abril no son aún los de la primavera polar. La hora de la buena estación todavía no había llegado; faltaban seis semanas por lo menos; los rayos del sol, demasiado débiles, no podían penetrar en aquellas llanuras de nieve y hacer brotar del suelo los escuálidos productos de la tierra boreal. Era de temer que escaseasen aún mucho las aves y los cuadrúpedos. Sin embargo, una liebre, algunos pares de ptarmiganos o una zorra joven, hubieran figurado con honra en la mesa de la «Casa del Doctor», y los cazadores resolvieron disparar contra todo lo que pasase al alcance de su escopeta.

El doctor, Altamont y Bell se encargaron de explorar el país. Altamont, a juzgar por su costumbre, debía de ser un cazador diestro y determinado, un gran tirador, aunque algo presuntuoso. Fue, pues, de la partida, e igualmente Duck, que en su género valía tanto como él, con la ventaja de ser menos hablador.

Los tres compañeros de aventuras se encaramaron por el cono del Este y se internaron por las inmensas llanuras blancas; pero no tuvieron necesidad de ir lejos, pues numerosas huellas se descubrieron a menos de dos millas del fuerte, las cuales bajaban hasta la orilla de la bahía Victoria y parecían envolver el «Fuerte Providencia» con sus círculos concéntricos.


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