Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Después de seguir con curiosidad aquellas pisadas, los cazadores se miraron.
—¿Y qué? —dijo el doctor—. La cosa me parece clara.
—Demasiado clara —respondió Bell—. Son huellas de un oso.
—Excelente caza —respondió Altamont—, pero que tiene un defecto.
—¿Cuál? —preguntó el doctor.
—La abundancia —respondió el americano.
—¿Qué queréis decir? —repuso Bell.
—Quiero decir que hay aquà huellas de cinco osos, perfectamente distintas, y cinco osos son mucho para cinco hombres.

—¿Estáis seguro de lo que decÃs? —preguntó el doctor.
—Mirad, y vos mismo juzgaréis. He aquà una huella que no se parece a otra; las garras de ésta están más separadas que las de aquélla. He aquà las pisadas de un oso más pequeño. Comparad bien, y en un reducido cÃrculo hallaréis las huellas de cinco animales diferentes.
—Es evidente —dijo Bell, después de haber examinado las huellas con atención.