Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Entonces —dijo el doctor— no hagamos alarde de un valor inútil, y procuremos estar en guardia. Los osos, al concluirse un invierno riguroso, están muy hambrientos, y pueden ser sumamente peligrosos, y puesto que no es posible dudar de su número…
—Ni aun de sus intenciones —replicó el americano.
—¿Creéis —dijo el doctor— que han descubierto nuestra presencia en la costa?
—No cabe la menor duda, a no ser que hayamos caÃdo en un paso de osos; pero entonces, ¿por qué esas huellas se extienden circularmente, en lugar de alejarse hasta perderse de vista? ¡Mirad! Esos animales han venido del Sudeste, y se han detenido en este sitio, y aquà han empezado el reconocimiento del terreno.
—Tenéis razón —dijo el doctor—, y hasta es indudable que han venido esta noche.
—Y, sin duda, las anteriores —respondió Altamont—. Sólo que la nieve ha borrado sus pisadas.
—No —replicó el doctor—; es más probable que hayan aguardado el fin de la tempestad. Impelidos por el hambre, han avanzado por el lado de la bahÃa con intención de sorprender algunas focas, y entonces nos habrán olido.
—Es lo que yo creo —respondió Altamont—. Además, es fácil averiguar si vuelven o no esta noche.
—¿Cómo? —preguntó Bell.