Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Siguióse el consejo del doctor, y volvieron todos a acuartelarse en el fuerte. La presencia de aquellas terribles fieras impedía todas las excursiones. Se vigilaron atentamente las inmediaciones de la bahía Victoria. Se desmontó el faro, que no era entonces de ninguna utilidad y podía llamar la atención de los animales. Se metieron dentro de la casa el fanal y los hilos eléctricos, y después se montó una guardia, que se iba relevando, en la meseta superior.

Así la soledad se hacía más enojosa, pero ¿había medio de obrar de otra manera? Los náufragos no podían empeñar una lucha desigual, y era demasiado preciosa la vida de cada uno para arriesgarla imprudentemente. Los osos, no viendo a nadie, acaso se desorientarían, y si se presentaban aisladamente se les podía atacar con probabilidades de triunfo.

En medio de aquella inacción, había cierta agitación en los ánimos. Había que vigilar y ninguno dejaba de estar alerta.

El día 28 de abril se pasó sin que los enemigos diesen señal de existencia. Al día siguiente se fueron a reconocer las huellas con un vivo sentimiento de curiosidad, que fue seguido de exclamaciones de asombro.

No había ni siquiera una pisada, y la nieve desplegaba a lo lejos su tapiz intacto.


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