Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Bueno! —exclamó Altamont—. ¡Los osos han perdido la pista! ¡No han tenido perseverancia! ¡Se han cansado de esperar! ¡Se han marchado! ¡Buen viaje! ¡Y ahora, nosotros a cazar!
—¡Poco a poco! —replicó el doctor—. ¿Quién sabe? Para mayor seguridad os pido, compañeros, un dÃa más de vigilancia. Verdad es que el enemigo no ha vuelto esta noche, al menos por este lado…
—Demos vuelta alrededor de la meseta —dijo Altamont—, y sabremos a qué atenernos.
—Buena idea —dijo el doctor.
Pero, por más que se examinó con cuidado todo el espacio en un radio de dos millas, fue imposible encontrar el menor vestigio.
—Pues bien, ¿no cazamos? —preguntó el impaciente americano.
—Aguardaremos a mañana —respondió el doctor.
—Pues hasta mañana —dijo Altamont, resignándose a pesar suyo.
Volvieron al fuerte. No obstante, lo mismo que la vÃspera, cada cual estuvo en su puesto de observación por espacio de una hora.
Cuando llegó el turno a Altamont, fue a relevar a Bell a la cúspide del cono.
Apenas salió, Hatteras llamó a sus compañeros. El doctor dejó su cuaderno de notas y Johnson sus hornillos.