Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Tal vez se podrÃa —dijo Bell— construir una lancha con los restos del Porpoise.
—¡Jamás! —exclamó violentamente Hatteras.
—¿Jamás? —repitió Johnson.
El doctor meneaba la cabeza comprendiendo la repugnancia del capitán.
—¡Jamás! —volvió a decir éste—. ¡Una lancha hecha con la madera de un buque americano, serÃa americana!
—¡Pero, capitán…! —repuso Johnson.
El doctor hizo una señal al contramaestre para que no insistiese en aquel momento. Era preciso reservar aquella cuestión para un momento más oportuno, y el doctor, que, al mismo tiempo que comprendÃa las repugnancias de Hatteras, no participaba de ellas, se prometió obligar con el tiempo a su amigo a revocar una decisión tan absoluta.
Habló de otra cosa, de la posibilidad de remontar la costa directamente hasta el Norte, y hasta el punto desconocido del Globo que se llama polo boreal.
Dio a la conversación un giro que no fuese ocasión para compromisos, hasta el momento en que terminó de pronto, es decir, hasta el momento de entrar Altamont.
Éste no tenÃa nada que decir.
Asà concluyó el dÃa, y la noche se pasó tranquilamente. Los osos habÃan, evidentemente, desaparecido.