Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Así equipados, vestidos y armados, podían ir lejos, y, diestros y audaces como eran, podían regresar con abundante provisión de carne fresca.

Estuvieron dispuestos a las ocho de la mañana, y partieron. Duck les precedía retozando; se encaramaron por la colina del Este, doblaron el cerro del faro y se hundieron en las llanuras del Sur limitadas por el monte Bell.

El doctor, por su parte, después de haber convenido con Johnson acerca de la señal de alarma que debían darse en caso de peligro, descendió hacia la playa para llegar a los témpanos multiformes de que se hallaba erizada la bahía Victoria.

El contramaestre se quedó solo en «Fuerte Providencia», pero no mano sobre mano. Empezó por soltar los perros groenlandeses, que se impacientaban en el Palacio de los Perros. Apenas se vieron libres, se revolcaron en la nieve. Johnson se ocupó luego de los complicados pormenores caseros. Tenía que renovar el combustible y las provisiones, poner en orden los almacenes, recomponer algunos utensilios rotos, reparar las mantas, que se hallaban en mal estado, y remendar el calzado con objeto de tenerlo listo para las largas excursiones del verano.

Trabajo no faltaba, y el contramaestre desplegaba en él la habilidad del marino para quien no hay ningún oficio que le sea desconocido.


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