Aventuras del capitan Hatteras

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Entretanto, reflexionaba sobre la conversación de la víspera. Pensaba en el capitán, y sobre todo en su obstinación, muy heroica y honrosa, que no le permitía tolerar que un americano y una lancha americana alcanzasen antes que él o con él el polo del mundo.

«Me parece difícil, sin embargo —se decía—, pasar el océano sin buque, y si tenemos delante el mar libre, fuerza será someterse a la necesidad de navegar. Ni el mejor inglés de la Tierra puede cruzar a nado 300 millas. El patriotismo tiene sus limites. En fin, veremos. Aún nos queda tiempo para pensarlo todo; el señor Clawbonny no ha dicho aún sobre la cuestión su última palabra; él sabe dónde le aprieta el zapato y es muy capaz de hacer desistir al capitán de su idea. Seguro estoy de que, recorriendo hoy la costa de la isla, dedicará una ojeada a los restos del Porpoise, y sabrá qué partido puede sacarse de ellos».

Johnson se hallaba en este punto de sus reflexiones, y hacía ya más de una hora que los cazadores habían salido del fuerte, cuando a 2 ó 3 millas a sotavento se oyó un estampido fuerte y claro.

«¡Bueno! —se dijo el viejo marino—. Ya han hallado algo, sin necesidad de ir muy lejos, puesto que se les oye distintamente. ¡Está, además, la atmósfera tan pura!».

El segundo disparo y después otro se repitieron casi sin intervalo.


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