Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Altamont se precipitó hacia las ventanas, cuyos huecos colmó con pedazos de hielo arrancados de las paredes de la casa. Sus compañeros le imitaron sin decir una palabra, interrumpiendo únicamente el silencio los sordos ladridos de Duck.

Pero, justo es decirlo, aquellos cuatro hombres no tenían más que un solo pensamiento, y acordándose del doctor olvidaban su propio peligro. Pensaban en el doctor y no en sí mismos. ¡Pobre Clawbonny! ¡Tan bueno! ¡Tan afable! ¡Él era el alma de aquella pequeña colonia! Por primera vez se hallaba lejos de sus compañeros. Peligros extremos, una muerte espantosa le aguardaba tal vez, porque, terminada su excursión, regresaría tranquilamente al «Fuerte Providencia» y se hallaría en presencia de aquellos feroces animales.

—¿Y no habría medio de avisarle?

—Sin embargo —dijo Johnson—, o mucho me engaño, o el doctor está prevenido. Vuestros tiros le habrán puesto en guardia, y no puede dejar de creer en algún acontecimiento extraordinario.

—Pero ¿y si entonces estaba lejos? —respondió Altamont—. ¿Y si no ha comprendido nada de lo que pasaba? ¡Lo más probable es que vuelva inadvertidamente, sin pensar en ningún peligro! ¡Los osos están abrigados por la escarpa del fuerte, y no puede percibirlos!


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