Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Es, pues, necesario desembarazarse de los osos antes de que él vuelva —respondió Hatteras.
—Pero ¿cómo? —preguntó Bell.
La respuesta era difÃcil. Una salida parecÃa imposible. HabÃase obstruido el corredor con una barricada, pero los osos podÃan fácilmente echar abajo aquellos obstáculos si se les ocurrÃa esta idea, pues sabÃan a qué atenerse respecto del número y la fuerza de sus adversarios, y les era fácil llegar hasta ellos.
Los prisioneros se habÃan distribuido por todas las estancias de la «Casa del Doctor», a fin de vigilar cualquier tentativa de invasión, y oÃan ir y venir a los osos, gruñir sordamente y rascar las paredes de nieve con sus enormes patas.
Era menester tomar una determinación pronta, porque el tiempo apremiaba. Altamont resolvió practicar una aspillera para hacer fuego a los sitiadores, y en pocos minutos abrió una especie de agujero en la pared de hielo, y por él introdujo su escopeta; pero apenas el cañón salió fuera, se la arrancó de las manos un poder irresistible, sin darle tiempo de dispararla.

—¡Diablos! —exclamó—. Son más fuertes que nosotros.
Y volvió a tapar la aspillera.