Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡El de tomar un bocado! Eso no puede perjudicarnos. Todo lo contrario. ¿No os parece lo mismo, señor Altamont?
—Comamos, si tenéis apetito —respondió el americano—; aunque la situación es bien tonta, por no decir humillante.
—Estoy seguro —dijo Johnson— de que después de comer, encontraremos un medio cualquiera para salir del apuro.
Nadie respondió al contramaestre, y se sentaron todos a la mesa.
Johnson, educado en la escuela del doctor, trató de ser filósofo en el peligro, pero no lo consiguió y sus chanzas se le atravesaban en la garganta. Además, los sitiados empezaban a sentir cierta desazón; el aire se condensaba en aquella morada herméticamente cerrada; la atmósfera no podÃa renovarse por el tubo de la chimenea, y era fácil prever que, dentro de muy poco tiempo, el fuego se apagarÃa. Absorbido el oxÃgeno por los pulmones y por la lumbre, muy pronto no quedarÃa en aquel limitado ambiente más que ácido carbónico, cuya mortal influencia es bien conocida.
Hatteras fue el primero que se percató de este nuevo peligro, y no lo quiso ocultar a sus compañeros.
—Entonces —respondió Altamont— es preciso salir a toda costa.