Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Más que ridÃcula era alarmante. La situación empeoraba. Los osos, animales dotados de un instinto sumamente desarrollado, empleaban aquel medio para ahogar su presa. Amontonaban los témpanos de modo que imposibilitaban la fuga de los sitiados.
—¡Es triste cosa! —dijo el viejo Johnson herido en su amor propio—. Que otros hombres nos traten asÃ, pase; ¡pero osos!
Después de esta reflexión, transcurrieron dos horas sin que se modificase sensiblemente la situación de los encarcelados. El proyecto de salir era ya impracticable, y las gruesas paredes no permitÃan pasar ningún ruido exterior. Altamont se paseaba con la agitación de un hombre audaz que se exasperaba delante de un peligro superior a su denuedo. Hatteras pensaba con espanto en el doctor, y en el gravÃsimo peligro que le amenazaba a su regreso.
—¡Ah! —exclamó Johnson—. ¡Si el señor Clawbonny estuviese aquÃ!
—¿Y qué harÃa? —respondió Altamont.
—¡Oh! ¡Él nos sacarÃa de apuros!
—¡No sé cómo! —respondió de muy mal humor el americano.
—Ni yo tampoco —replicó Johnson—. Si lo supiera, no tendrÃa necesidad de él. Sin embargo, creo adivinar el consejo que nos darÃa en este momento.
—¿Cuál?