Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Entonces Hatteras, sacando el poker de las ascuas, lo hundió rápidamente en la pared. La nieve, evaporándose a su contacto, silbó estrepitosamente. Dos osos acudieron, cogieron la barra enrojecida y lanzaron un terrible aullido, al mismo tiempo que sonaron cuatro disparos.
—¡Heridos! —exclamó el americano.
—¡Heridos! —repitió Bell.
—Repitamos la operación —dijo Hatteras, volviendo a tapar momentáneamente la abertura.
Se puso otra vez el poker encima de las ascuas, y a los pocos minutos estaba rojo.
Altamont y Bell volvieron a su puesto después de cargar las armas. Hatteras restableció la aspillera, e introdujo por ella de nuevo el poker candente.

Pero una superficie impenetrable le detuvo.
—¡Maldición! —exclamó el americano.
—¿Qué sucede? —preguntó Johnson.
—¡Que esos malditos animales hacinan témpanos sobre témpanos; nos tapian dentro de nuestra casa, nos entierran vivos!
—¡Es imposible!
—¡Ya lo veis, el poker no puede pasar! ¡La cosa empieza ya a ser ridÃcula!