Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El americano cogió una hacha con una mano y con la otra su cuchillo, y apoyado en su pie derecho, con el cuerpo inclinado hacia atrás, tomó la actitud de ataque. Hatteras y Bell lo imitaron. Johnson preparó su escopeta para el caso de que hubiese necesidad de usar arma de fuego.
El ruido era cada vez más fuerte; el hielo arrancado rechinaba bajo la violenta incisión de las garras de acero.
Ya sólo separaba al sitiador de sus adversarios una delgada capa. Esta capa se hendió de pronto, como el aro de papel tirante bajo el esfuerzo del volatinero, y apareció en la estancia casi oscura un cuerpo negro, enorme.
Altamont contuvo rápidamente su mano armada para herir.
—¡Deteneos! ¡Por el cielo! —dijo una voz bien conocida.
—¡El doctor! ¡El doctor! —exclamó Johnson.

Era el doctor, en efecto, que arrastrado por su mole, cayó rodando en medio del cuarto.
—¡Buenos días, mis valientes amigos! —dijo levantándose al momento.