Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Nada más cierto! —respondió Altamont.
—¿Los osos? —preguntó Bell.
—¡SÃ! Los osos.
—Han tomado otra táctica —repuso el viejo marino—, renuncian a ahogamos.
—O nos creen ya ahogados —dijo el americano, cuya cólera iba en aumento.
—Vamos a ser atacados —dijo Bell.
—¡Y qué! —respondió Hatteras—. Lucharemos cuerpo a cuerpo.
—¡Más vale asÃ! —exclamó Altamont—. ¡Lo prefiero! ¡Estoy cansado de enemigos invisibles! ¡Nos veremos y nos batiremos!
—Sà —respondió Johnson—, pero no a tiros; a tiros es imposible en un espacio tan estrecho.
—¡Nos batiremos con el hacha y con el cuchillo!
El ruido aumentaba, se oÃa distintamente la escarbadura de las garras; los osos habÃan atacado la pared en el ángulo mismo en que se juntaba la escarpa de nieve apoyada en el peñasco.
—El animal que escarba —dijo Johnson— no está a seis pies de nosotros.
—Tenéis razón, Johnson —respondió el americano—; pero tenemos tiempo para prepararle la acogida que merece.