Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Oh! Yo lo habÃa visto todo —respondió el doctor—; vuestros disparos me pusieron alerta; me hallaba en aquel momento junto a los restos del Porpoise; me he encaramado hasta la cima de un hummock; he percibido los cinco osos que os perseguÃan de cerca, y he tenido miedo, miedo por vosotros. Pero, en fin, vuestras volteretas desde lo alto de la colina y la vacilación de los animales me han tranquilizado momentáneamente, y he comprendido que habÃais tenido tiempo de parapetaros en la casa. Entonces, poco a poco, me he acercado, ya a rastras, ya deslizándome entre los témpanos; he llegado junto al fuerte y he visto a esas enormes bestias que, trabajando asÃ, duramente, como gigantescos castores, arrancaban el hielo, amontonaban témpanos, y, en una palabra, os enterraban vivos. Buena fortuna ha sido que no les haya pasado por el magÃn arrojar moles de hielo desde el vértice del cono, en cuyo caso os hubieran aplastado.
—Pero —dijo Bell— vos no estabais a salvo, señor Clawbonny. ¿No podÃan abandonar el asedio y lanzarse contra vos?
—No pensaban en eso. Los perros groenlandeses, soltados por Johnson, han estado muchas veces a muy poca distancia de ellos, y no les han hecho caso; estaban seguros de una caza más sabrosa.
—Gracias por el cumplimiento —dijo Altamont riendo.