Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—¡Oh! No hay que envanecerse por ello. Cuando comprendí la táctica de los osos, determiné unirme a vosotros. La prudencia aconsejaba aguardar la noche, y así es que, a las primeras sombras del crepúsculo, me deslicé sin ruido hacia la escarpa, por el lado del polvorín. Al escoger aquel punto llevaba mi idea; quería abrir una galería. He empezado, pues, a trabajar, y he atacado el hielo con mi cuchillo de nieve, que es una herramienta que no tiene precio. He estado tres horas escarbando, ahuecando, trabajando, y aquí me tenéis hambriento, quebrantado, molido; pero, en fin, estoy aquí.

—¿Para participar de nuestra suerte? —dijo Altamont.

—Para salvarnos todos… Pero dadme un poco de galleta y de carne; estoy desfallecido.

Un instante después el doctor hincaba sus blancos dientes en una respetable tajada de cecina. Mientras comía, contestaba a la granizada de preguntas que se le hacían.

—¡Salvarnos a todos! —repitió Bell.

—Sin duda —respondió el doctor, apoyando su respuesta con una aspiración de aire que hinchó su pecho.

—La verdad es —dijo Bell— que nada nos impide escabullirnos por el mismo camino que el doctor utilizó para entrar.


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