Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Eso es! —respondió el doctor—. ¡Y dejar el campo libre a esa picara chusma, que acabará por descubrir nuestros almacenes y saquearnos!
—Es menester permanecer aquà —dijo Hatteras.
—Sin duda —respondió el doctor—, y librarnos al mismo tiempo de los animales.
—¿Hay, pues, un medio? —preguntó Bell.
—Un medio infalible —respondió el doctor.
—¡No lo decÃa yo! —exclamó Johnson frotándose las manos—. Con el señor Clawbonny no hay nada desesperado; tiene siempre en sus alforjas de sabio algún medio para salir del paso.
—¡Oh! ¡Oh! Mis pobres alforjas están bien desprovistas, pero registrándolas con cuidado…
—Doctor —dijo Altamont—, ¿no pueden los osos penetrar por la galerÃa que habéis abierto?
—Buen cuidado he tenido yo en tapar sólidamente la abertura, y ahora podemos ir desde aquà al polvorÃn sin que ellos lo noten.
—¡Bueno! ¿Nos diréis ahora qué medio pensáis emplear para librarnos de esas incómodas visitas?
—Uno muy sencillo, y para el cual está ya hecha una parte del trabajo.
—¿Cómo es eso?
—Ya lo veréis. Pero ahora recuerdo que no he venido aquà solo.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Johnson.