Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Pero ¿cómo atraeréis allà todos los osos a la vez?
—Yo me encargo de ello —respondió el doctor—. Basta de conversación y manos a la obra. Tenemos que abrir durante la noche cien pies de galerÃa, y éste es un trabajo penoso, pero siendo cinco, no nos cansaremos demasiado. Nos iremos relevando. Bell va a empezar, y entretanto nosotros descansaremos un poco.
—Cuanto más pienso en él —exclamó Johnson—, tanto mejor me parece el medio del señor Clawbonny.
—Es un medio seguro —respondió el doctor.
—¡Oh! Cuando vos lo decÃs, ya pueden los osos darse por muertos, y ya me parece que tengo su piel puesta en los hombros.
—¡A la obra, pues!
El doctor, seguido de Bell, se metió en la galerÃa. Por donde él pasaba, bien podÃan pasar holgadamente sus compañeros. Los dos marineros llegaron al polvorÃn; y fueron a salir en medio de los barriles colocados en buen orden. El doctor dio a Bell las instrucciones necesarias. El carpintero atacó la pared opuesta en que se apoyaba la escarpa, y su compañero volvió a la casa.
