Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Bell trabajó por espacio de una hora, y abrió un conducto subterráneo que tendría de largo unos diez pies, por el cual podía pasar un hombre arrastrándose. Altamont le remplazó, y en el mismo tiempo hizo a poca diferencia un trabajo equivalente. La nieve sacada de la galería era trasladada a la cocina, donde, para que ocupase menos sitio, el doctor la hacía derretirse al calor de los hornillos.

Al americano sucedió el capitán, y a éste Johnson. En diez horas, es decir, a cosa de las ocho de la mañana, la galería estaba enteramente abierta.

A los primeros resplandores de la alborada, el doctor examinó los osos por una aspillera que practicó en el polvorín.

Los pacientes animales no se habían movido de su sitio. Allí estaban, yendo, viniendo, gruñendo, pero siempre en guardia, con una perseverancia ejemplar, y sin dejar de rondar alrededor de la casa, que desaparecía bajo los témpanos amontonados. Pero hubo, no obstante, un momento en que al parecer se había agotado su paciencia, pues el doctor les vio de pronto separar las moles de hielo que habían acumulado.

—¡Está bien! —dijo el doctor al capitán, que se hallaba junto a él.

—¿Qué hacen? —preguntó Hatteras.


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