Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Se me figura que quieren demoler su obra y llegar hasta nosotros! Pero tengan la bondad de aguardar aunque no sea más que un momento, y veremos quién mata a quién. No perdamos tiempo.
El doctor se deslizó hasta el punto en que debÃa practicarse la mina, hizo ensanchar la galerÃa hasta la altura de la escarpa, y bien pronto no quedó en la parte superior más que una espesa costra de hielo que tenÃa todo lo más un pie de grueso, y que fue preciso sostener para que no se viniese abajo.
Una estaca sólidamente apoyada en el suelo de granito hizo el oficio de pie derecho, y en su extremidad superior fue atado el cadáver de la zorra. Una larga cuerda, atada a la parte inferior, se fue extendiendo a lo largo de la galerÃa hasta llegar al polvorÃn.
Los compañeros del doctor seguÃan sus instrucciones sin comprenderlas enteramente.
—He aquà el cebo —dijo mostrando la zorra.
Al pie de la estaca hizo colocar un barril que contenÃa unas cien libras de pólvora.
—Y he aquà la mina —añadió.
—Pero —preguntó Hatteras—, ¿no volaremos nosotros al mismo tiempo que los osos?
—¡No! Nosotros estamos suficientemente distantes del lugar de la explosión, y, además, nuestra estancia es sólida. Si se produce alguna grieta, tendremos tiempo de repararla.