Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Bien —respondió Altamont—, ¿pero cómo pretendéis operar?
—Muy fácilmente. Tirando de esta cuerda, caerá la estaca que sostiene el hielo encima de la misma, aparecerá súbitamente encima de la escarpa el cadáver de la zorra, y vos admitiréis sin dificultad que animales hambrientos no vacilarán en precipitarse sobre esta presa inesperada.
—Convenido.
—Pues bien, en aquel momento prendo fuego a la mina y hago que vuelen a la vez el cebo y los convidados.
—¡Bien! ¡Bien! —exclamó Johnson, que seguÃa la conversación con el más vivo interés.
Hatteras, teniendo en su amigo una confianza absoluta, no pedÃa ninguna explicación. Aguardaba. Pero Altamont querÃa saberlo todo.
—Doctor —dijo—, ¿cómo calculáis la duración de vuestra mecha con una precisión tal que la explosión sobrevenga en el momento oportuno?
—Muy sencillamente —respondió el doctor—, no calcularé nada.
—¿Tenéis, pues, una mecha de cien pies de longitud?
—No.
—¿Haréis, pues, simplemente un reguero de pólvora?
—¡Tampoco! El reguero podrÃa fallar.