Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Será, pues, preciso que alguno se sacrifique y prenda fuego a la mina?
—Si hace falta un voluntario —dijo Johnson al momento—, yo me ofrezco con mucho gusto.
—No es necesario, mi digno amigo —respondió el doctor tendiendo la mano al viejo contramaestre—; nuestras cinco vidas son preciosas; y, Dios mediante, las conservaremos por ahora.
—Entonces —dijo el americano— renuncio a adivinar…
—Veamos —respondió el doctor sonriéndose—; si en circunstancias como ésta no supiese un hombre salir de apuros, ¿de qué le servirÃa haber estudiado FÃsica?
—¡Ah! —exclamó Johnson con entusiasmo—. ¡La FÃsica!
—¡SÃ! ¿No tenemos aquà una pila eléctrica, con hilos de una longitud suficiente, los mismos que servÃan para nuestro faro?
—¿Y qué?
—Pues bien, prenderemos fuego a la mina cuando nos plazca, inmediatamente y sin peligro.
—¡Hurra! —exclamó Johnson.
—¡Hurra! —Repitieron sus compañeros, sin cuidarse de si les oÃan o no sus enemigos.