Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los hilos eléctricos fueron inmediatamente tendidos a lo largo de la galería desde la casa hasta la mina. Una de sus extremidades quedó enrollada a la pila, y la otra se hundió en el centro del barril, quedando colocados los otros dos extremos a poca distancia uno de otro.
A las nueve de la mañana todo quedó terminado. Ya era tiempo; los osos se entregaban con furor a su ansia destructora.

El doctor juzgó llegado el momento. Johnson se colocó en el polvorín, y se encargó de tirar de la cuerda atada a la estaca. Ocupó su puesto.
—Ahora —dijo el doctor a sus compañeros—, preparad las armas para el caso de que los sitiadores no mueran de pronto, y colocaos junto a Johnson; inmediatamente después de la explosión, echaos fuera.
—Comprendido —respondió el americano.
—Y ahora, nosotros hemos hecho todo lo que es dado hacer a hombres. Nos hemos ayudado. ¡Que el cielo nos ayude!
Hatteras, Altamont y Bell se trasladaron al polvorín. El doctor se quedó solo junto a la pila.
Oyó luego la voz lejana de Johnson que gritaba:
—¡Atención!
—Todo va bien —respondió el doctor.